
MANIPULACIÓN, ADOCTRINAMIENTO Y REVISIONISMO HISTÓRICO EN LAS AULAS: CUANDO LA PROPAGANDA SE DISFRAZA DE PEDAGOGÍA
La educación pública no puede convertirse en un vehículo de propaganda ideológica. Esa es la cuestión de fondo que plantea la polémica surgida tras el reparto, por parte de la Unidad Militar de Emergencias, de un folleto titulado Historia de los símbolos de España: su origen y evolución a estudiantes de secundaria del IES Cortes de Cádiz. Lo preocupante no es únicamente el contenido del material, sino el marco institucional desde el que se distribuye: una institución pública financiada con dinero de toda la ciudadanía entregando a menores una interpretación ideológica del pasado presentada como conocimiento neutral.
El caso revela un problema más profundo y persistente en la sociedad española: la supervivencia de narrativas históricas heredadas del franquismo que, lejos de desaparecer, reaparecen bajo formas aparentemente pedagógicas, patrióticas o divulgativas.
Uno de los aspectos más alarmantes del folleto es el uso del término “alzamiento nacional” para referirse al golpe militar de 1936. No se trata de una elección terminológica casual o anecdótica. Esa expresión fue construida y difundida por la dictadura franquista para legitimar una sublevación armada contra un gobierno democrático y constitucionalmente establecido: la Segunda República Española.
Nombrar un golpe de Estado como “alzamiento” implica alterar deliberadamente su significado político. El lenguaje funciona aquí como herramienta de blanqueamiento histórico. No se describe un hecho; se impone una interpretación. El revisionismo comienza precisamente ahí: en la manipulación de las palabras para suavizar responsabilidades, justificar violencias y transformar a los golpistas en salvadores nacionales.
Esta estrategia no es nueva. Durante décadas, la dictadura construyó un relato basado en la idea de que la guerra civil fue inevitable y necesaria para “salvar España”. Recuperar hoy ese mismo vocabulario en materiales educativos supone normalizar marcos ideológicos profundamente antidemocráticos.
El folleto también reproduce una tesis clásica del revisionismo franquista: presentar la Revolución de Asturias de 1934 como el verdadero inicio de la guerra civil o como una especie de “golpe previo” que justificaría la sublevación militar de 1936.
Este argumento persigue un objetivo claro: diluir la responsabilidad histórica de los militares rebeldes y convertir el golpe de Franco en una reacción defensiva inevitable. Sin embargo, el consenso historiográfico es claro al respecto: el conflicto bélico comenzó con el golpe militar contra la legalidad republicana en julio de 1936.
Equiparar acontecimientos distintos para repartir culpas de manera artificial es una técnica habitual de manipulación histórica. Se crea una falsa simetría donde desaparecen las diferencias fundamentales entre una crisis política dentro de un sistema democrático y una insurrección militar organizada para destruir ese sistema.
El problema no es debatir la historia —algo legítimo y necesario—, sino presentar interpretaciones ideológicas marginales como si fueran hechos objetivos e indiscutibles.
El revisionismo del folleto no se limita al siglo XX. También aparece en la forma de narrar la conquista de América, descrita exclusivamente como una “obra civilizadora y evangelizadora”.
Ese relato elimina deliberadamente elementos esenciales del proceso colonial: la violencia sistemática, el saqueo económico, la destrucción cultural, las epidemias, la explotación y el sometimiento de pueblos indígenas. No se trata de “leyenda negra” ni de negar la complejidad histórica; se trata de reconocer que la expansión imperial española tuvo consecuencias devastadoras para millones de personas.
Reducir la colonización a una epopeya moral y religiosa responde a una visión nacionalista que necesita construir un pasado glorioso, homogéneo y heroico. La historia deja entonces de ser una disciplina crítica para convertirse en un instrumento de identidad nacional.
Además, el folleto incurre en un claro anacronismo al proyectar la idea de una España unificada y coherente sobre periodos históricos donde ese concepto nacional todavía no existía en los términos actuales. Es una simplificación interesada que transforma procesos históricos complejos en un relato lineal de orgullo patriótico.
Otro elemento inquietante del material es su tratamiento de la bandera y los símbolos del Estado. El folleto no se limita a explicar su origen histórico, sino que prescribe emocionalmente cómo deben ser interpretados. Se sugiere que quien no los respeta actúa desde la “ignorancia” y se presenta la bandera como símbolo supremo del sacrificio nacional.
Ese enfoque convierte los símbolos en pruebas morales de pertenencia. Ya no son objetos de análisis histórico o político, sino elementos sagrados cuya reverencia define al buen ciudadano.
Esta visión conecta con una tradición autoritaria profundamente arraigada en el franquismo: la identificación entre patria, Ejército y religión como pilares inseparables de la nación. Cuando los símbolos dejan de poder discutirse críticamente, la democracia se debilita, porque una sociedad democrática exige precisamente la posibilidad de cuestionar, reinterpretar y debatir sus propios relatos nacionales.
La reacción de las familias del instituto resulta especialmente significativa porque no pidieron cancelar la actividad ni demonizar a la UME. Lo que reclamaron fue algo mucho más razonable y pedagógico: contextualizar el contenido y trabajarlo críticamente en el aula.
Esa propuesta apunta al verdadero papel de la educación pública. La función de la escuela no es fabricar adhesiones ideológicas ni inculcar patriotismos obligatorios, sino enseñar a pensar, contrastar fuentes y detectar sesgos.
Analizar qué palabras utiliza un texto, qué omite, qué intereses políticos puede reflejar y cómo construye su narrativa histórica forma parte esencial de la formación democrática. En tiempos de desinformación y polarización, enseñar a distinguir entre historia rigurosa y propaganda es una necesidad cívica fundamental.
Memoria democrática frente a propaganda
El debate abierto por este caso va mucho más allá de un simple folleto escolar. Habla de cómo una sociedad se relaciona con su pasado y de quién tiene el poder de narrarlo.
El revisionismo histórico no consiste únicamente en reinterpretar hechos; consiste en manipular la memoria colectiva para legitimar determinadas posiciones políticas en el presente. Por eso resulta especialmente grave cuando estas narrativas son difundidas desde instituciones públicas y dirigidas a menores.
La democracia no puede sostenerse sobre mitos construidos desde el silenciamiento, la distorsión o la nostalgia autoritaria. Una educación verdaderamente democrática debe fomentar el pensamiento crítico, la pluralidad historiográfica y la capacidad de cuestionar cualquier relato oficial, especialmente cuando se presenta envuelto en símbolos patrióticos.
Porque la historia deja de ser conocimiento cuando se convierte en propaganda. Y la escuela deja de educar cuando empieza a adoctrinar.








